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Con el rito de la imposición de la ceniza, que realizamos hoy, reconocemos que somos pecadores, invocamos el perdón de Dios, manifestando un sincero deseo de conversión. Así emprendemos un austero camino ascético, que nos llevará al Triduo pascual, centro del Año litúrgico.
Según la antigua tradición de la Iglesia, todos los fieles deben guardar hoy abstinencia de carne y ayuno, con la única excepción de los que razonablemente no pueden hacerlo por motivos de salud o de edad. El ayuno tiene un gran valor en la vida de los cristianos; es una exigencia del espíritu para mejorar su relación con Dios. En efecto, los aspectos exteriores del ayuno, con ser importantes, no son lo principal. Es preciso ponerlos en práctica con un deseo sincero de purificación interior, de disponibilidad a cumplir la voluntad de Dios y de solícita solidaridad con los hermanos, especialmente con los más pobres.
Existe un vínculo muy estrecho entre el ayuno y la oración. Orar es ponerse a la escucha de Dios y el ayuno favorece esta apertura del corazón.
"Tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará" (Mt 6, 4. 6. 18). Estas palabras de Jesús se dirigen a cada uno de nosotros al inicio del itinerario cuaresmal. Lo comenzamos con la imposición de la ceniza, austero gesto penitencial, muy arraigado en la tradición cristiana. Este gesto subraya la conciencia del hombre pecador ante la majestad y la santidad de Dios. Al mismo tiempo, manifiesta su disposición a acoger y traducir en decisiones concretas la adhesión al Evangelio.
Son muy elocuentes las fórmulas que lo acompañan. La primera, tomada del libro del Génesis: "Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás" (cf. Gn 3, 19), evoca la actual condición humana marcada por la caducidad y el límite. La segunda recoge las palabras evangélicas: "Convertíos y creed el Evangelio" (Mc 1, 15), que constituyen una apremiante exhortación a cambiar de vida. Ambas fórmulas nos invitan a entrar en la Cuaresma con una actitud de escucha y de sincera conversión.
El Evangelio subraya que el Señor "ve en lo secreto", es decir, escruta el corazón. Los gestos externos de penitencia tienen valor si son expresión de una actitud interior, si manifiestan la firme voluntad de apartarse del mal y recorrer la senda del bien. Aquí radica el sentido profundo de la ascesis cristiana.
"Ascesis": la palabra misma evoca la imagen de una ascensión a metas elevadas. Eso implica necesariamente sacrificios y renuncias. En efecto, hace falta reducir el equipaje a lo esencial para que el viaje no sea pesado; estar dispuestos a afrontar todas las dificultades y superar todos los obstáculos para alcanzar el objetivo fijado. Para llegar a ser auténticos discípulos de Cristo, es necesario renunciar a sí mismos, tomar la propia cruz y seguirlo (cf. Lc 9, 23). Es el arduo sendero de la santidad, que todo bautizado está llamado a recorrer.
Fuente:
http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/audiences/2003/documents/hf_jp-ii_aud_20030305_sp.html