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Tengo un airado y estremecedor insomnio entre las manos;
y junto a él, apilo las tristes cicatrices de otras noches:
los sueños no soñados, los besos no besados,
los pensamientos torpes que nunca deseé.
Longitudes inmensas; níveos sudarios de dudosos desiertos.
Ansias tan irritadas como airadas, deseos y nostalgias,
-insomnes unos y otros-, reconquistan mi cama.
¿Los ves? Son mis propios y aciagos penitentes, almas en pena
que, por ella, -calle Mayor arriba, calle Mayor abajo-,
pasean una sacrílega procesión de desencantos,
y de ansias perdidas, y enredadas, en las aristas del mísero cristal,
-pues no es espejo-, de cada noche en vela que me tocó vivir.