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- Mira Diego. Esa de rojo… me la traigo entre ceja y ceja desde hace una semana. Trabaja en la tienda de ropa ¿Me acompañas a esperarla?
Las cinco de la tarde, un café en la esquina. Pasa el ruta 48, el 105. En la otra esquina está el puesto de periódicos.
- Diego, vamos a comprar la novelita de vaqueros.
- Ya vas.
-
Una coca cola para no sentir tan secas las letras. Otro refresco, ya voy en la página 69: el héroe se roba a la güerita de la hacienda, ante la impotencia del hermano paralítico, que se pone morado de envidia porque él no puede ni robar muchachas ni montar a caballo.
- ¡Ay Diego! Ya viste que cuate tan chingón: se fregó a la vieja en las narices de su hermano.
Vuelta a la manzana en busca de las siete y media. Plantón frente a la puerta de la tienda de ropa.
- Mira Diego, ese amigo esta en las mismas que nosotros. ¡ Qué bien dado esta el cabrón! Ha de ser levantador de pesas. ¿No crees? Ahí viene la chava, vale. Mira se vistió de amarillo.
Besos al cuate “biendado”, al levantador de pesas. Manita sudada por la acera de enfrente. Yo como pendejo mirando.
- Como que se le acabó el chiste vestida de otro color. Vámonos Diego, valió madre de amarillo.